Opciones de vida
En la situación en la que me encuentro estos últimos días, una le da más vueltas aún si cabe a ciertos temas. Al amor, a la amistad, a la vida y a la muerte, al pasado, al presente y al futuro, a lo seguro y a lo incierto...
Y lo único cierto, lo único seguro, es que todos moriremos. Mañana, en unos años, todos pasaremos por esa puerta. Porque quiero creer que pese a ser un destino inequívoco, no es un punto final. No sé a qué dará paso al traspasar el umbral. Yo no sé si estaré sola o acompañada cuando llegue el momento, si será rápido o lo sentiré llegar con cada latido, ni qué encontraré más allá. Me gustaría desear que, si no me sorprende, haya una mano que sostenga la mía, una mano amiga. Y que Mediterráneo acompañe mi despedida...
Sin embargo, mientras no me llegue la hora, estoy viva. Respiro, siento, ando, lloro, río. Puedo emocionarme. Puedo amar. Puedo ayudar. Puedo gritar. Puedo abrazar a alguien. Puedo luchar.
Y mi lucha es pacífica pero constante. Es una lucha por ser consecuente conmigo misma, y por plasmar en cada instante de mi vida aquello que me hace ser yo. Cada uno es como es, y mi opción es muy clara. Voy a vivir para que en el instante en que me llegue la muerte, no me vaya con la sensación de que no he vivido. Voy a extraerle el jugo a la vida. Voy a jugar mis cartas, y a arriesgarme si lo considero necesario. No quiero pasarme el tiempo solucionando problemas porque entonces no quedará tiempo para nada más cuando quiera darme cuenta.
No pido seguridad. No pido una hipoteca a cuarenta años, ni un trabajo fijo y estable y de buena posición. Al menos, no quiero cambiarlo por mi vida. No quiero que mi vida se reduzca a eso.
Quiero crear, curar, enseñar, aprender, vivir. Quiero crecer de tal modo que llegue a alcanzar las estrellas, sonreírme con razón como lo hacen los bobos sin ella. Y mi modo de conseguirlo es mi opción de vida. Llamadme loca. Llamadme irresponsable. Ponedme el epíteto que deseéis. Podréis ponerme una etiqueta, pero esa etiqueta no seré yo, y quizá con ella os perdáis miles de facetas curiosas y, quién sabe, también hermosas y sorprendentes.
Que daré tumbos, es probable. Que me equivocaré, seguramente. No pretendo ser perfecta, ni soy omnisciente ni infalible.
No me pides que no piense
en voz alta, por mi bien,
ni que me suba a un taburete
si quieres, probaré a crecer...
Preocupaos por mí, pero hacedlo cuando veáis que sufro. Hacedlo cuando veáis que quiero estar ya en Ítaca en lugar de disfrutar del viaje. Hacedlo cuando veáis que no soy consecuente con mis ideas y mis valores, hacedlo si notáis que mi llama amenaza apagarse. Hacedlo si mi vida corre peligro. Pero no lo hagáis innecesariamente. No pretendáis que comulgue con valores que no son los míos. Aceptadme tal como soy. No puedo vivir vuestra vida, ni la que querríais que viviera. Quiero vivir la mía. No aspiro a tener, sino a ser y a hacer.
Como quiero, y con la gente a la que quiero. Con cada estrella, con cada ola, con cada flor, con cada brizna, con cada aullido, con cada latido, con cada lágrima, con cada sonrisa, con cada descubrimiento, con cada beso, con cada palabra.
Y en poco tiempo, desconozco cuanto, despediré con un hasta pronto a mi abuela, y espero en esos momentos poder leerle a Machado...
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
Caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace el camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar.
