lunes, julio 12, 2004

Nika, Anak y Nereida

Ha sido un fin de semana agotador. Dos noches en la clínica, haciendo guardia, en un sillón reclinable, pendiente de una respiración ronca y entrecortada. Dos días y medio de sostener una mano, de acariciar una frente, de decirle a una persona querida que se vaya en paz, que no está sola, que la están esperando... de echarla de menos a cada instante.

La continuación de sentimientos contradictorios, de desear que todo se acabe ya, de culpabilidad por llegar a desear eso, de rechazo de la culpabilidad al contemplar el sufrimiento...

Es duro, para qué negarlo. Pero siempre puedes encontrar un bálsamo, un reducto de paz, una complicidad.

Ayer llegó mi abuelo a media tarde. Yo necesitaba al menos un par de horas de descanso, y me fui a andar. Y mis pies me llevaron Paseo de San Juan abajo, a través de Lluís Companys y dentro del Parque de la Ciutadella... y recordé que en el bolso guardaba el carnet del Zoo...

Y en los momentos oscuros, una estrella te guiña un ojo. Estaba abierta al público la terraza del Aquarama, fuera de horarios de espectáculo. El tanque de los delfines.

Nika, Anak, Nereida, Neo y Leia. Gracias. No pude tocaros, pero sé que vosotros me tocasteis a mí. Sé que entendisteis mis lágrimas. Sé que vuestras miradas penetraron en mi alma y se llevaron parte del dolor.

Esperadme. En breve volveré a necesitar vuestra compañía.

Y, quién sabe, quizá algún día pueda nadar de verdad con vosotros...