Una de cal y otra de arena
La vida suele funcionar así. Con dos caras.
Mi cara alegre de ayer, la regata. Velas y velas desplegadas al viento en una mañana de cielo azul resplandeciente. Seguí la costa cámaras en ristre del puerto de Barcelona al del Forum. El Elcano y el Mlodziezy eran como catedrales blancas en el mar. Me quedé a comer en el Forum, y volví andando justo para contemplar como recogían ya arribados en el puerto de nuevo las velas del polonés. Y empezó a caer la tormenta que se preparaba desde el mediodía.
Y mi cara triste. La visita al hospital. Uno de los temores mayores de alguien que ha tenido un cerebro lúcido y una buena memoria es que al hacerse grande todo eso se desvanezca. Yo tengo ese miedo. Mi abuela también lo tenía. Y allá está. Postrada en la cama. No le duele prácticamente nada, pero ya casi no se la entiende cuando habla. Dice que no es capaz de coordinar los movimientos. No sé qué tiene. No sé qué le pasa. No sé si será rápido o lento. Sólo intento poner la sonrisa. Animarla. Ha ido todo muy deprisa. Menos de dos semanas para llegar a esto. Y no tiene visos de recuperación. Le he cogido la mano. Le he dicho que la quiero. Poco más puedo hacer. Siempre odié esa sensación de impotencia. Y estar pendiente de resultados de innumerables pruebas que a la postre no te aclaran nada.
Mientras tanto, voy a seguir con la sonrisa. Es mi forma de mantenerme a flote. Aunque la procesión vaya por dentro, es la única manera de evitar la caída. Y saber que cuando lo necesite estaréis ahí.
