Filibusteros y Emilio Salgari
El Corsario Negro, siempre erguido en la popa y con la barra en la mano, guiaba el buque con seguridad y firmeza. Inconmovible entre las furias del viento, impasible bajo el agua que le bañaba, desafiaba intrépidamente la cólera de la naturaleza con los ojos encendidos y una sonrisa en los labios. Su negra figura destacaba entre el resplandor de los relámpagos adquiriendo a veces proporciones fantásticas.
Los rayos serpenteaban a su alrededor trazando deslumbrantes líneas de fuego. El viento le embestía, arráncandole, pedazo a pedazo, la larga pluma de su chambergo. La espuma le cubría de cuando en cuando como si quisiera derribarlo. Los truenos, cada vez más formidables, le ensordecían. Pero él se mantenía en su puesto, conduciendo con firmeza la nave a través de aquellas infernales aguas.
Parecía un genio del mar surgido de las profundidades del golfo para medir sus fuerzas con las que desencadenaba la Naturaleza.
Un brindis por el caballero Emilio di Roccanera, señor de Valpenta y de Ventimiglia.
