Era una isla mágica, perdida en medio del mar...
¡Al Mar, al Mar! Claman las gaviotas blancas.
El viento sopla y la espuma blanca vuela.
Lejos al Oeste se pone el Sol redondo.
Navío gris, navío gris, ¿no escuchas la llamada,
las voces de los míos que antes que yo partieron?
Partiré; dejaré los bosques donde vi la luz;
nuestros días se acaban, nuestros años declinan.
Surcaré siempre solo las grandes aguas.
Largas son las olas que se estrellan en la playa última,
dulces son las voces que me llaman desde la Isla Perdida.
En Eressëa, el Hogar de los Elfos que los Hombres nunca descubrirán.
Donde las hojas no caen: la tierra de los míos para siempre
... y más allá de Tol Eressëa, desconocida hasta por los mismos Elfos, se hallaba Tol Sûl, la Isla del Viento, la amada de Manwë. En su mar brillaban las estrellas de Varda, y Yavanna llenaba sus prados de flores de los más vivos colores... Pocos se acercaban allí. Era una isla de calma, de paz, de alegría y de vida. Una isla donde los perdidos se reencontraban a sí mismos...Una isla donde los caballos eran bellos, las rocas eran trabajadas por los elementos en las formas más maravillosas, y las gaviotas surcaban las aguas sobre praderas de algas y erizos de mar. Unas aguas azules, de azul turquesa, de azul violáceo, de azul marino, de azul Mediterráneo... y aquí la realidad se confunde con la ficción.
No tengo palabras. O quizá tengo demasiadas. Pocas y muchas para explicar la belleza y la fuerza de lo que he visto, de lo que he sentido, de lo que he vivido. Para contar que he vivido en un mundo diferente, en un tiempo diferente. Que he sido yo, totalmente. Que he podido resplandecer. Que no he tenido que buscar a la loba que llevo dentro, porque corríamos las dos a la par.
Que ayer, paseando por la bocana del Puerto de Ciutadella, llenándome los ojos de nuevo del azul Mediterráneo y los oídos del romper de sus olas, no pude menos que dejar caer un par de lágrimas de felicidad por estos días pasados.
Fui con pocos objetivos, con pocas expectativas, a la aventura. Vuelvo, más que morena, curtida por el viento y el sol. He perdido alguna talla de pantalón, me noto más los músculos. Me siento más fuerte, más ágil, más capaz. Con menos miedos. Más completa. La sonrisa se borra ya raramente de mi cara.
Y llenaría líneas y líneas de recuerdos, de anécdotas, de momentos. Sólo han sido cinco días, pero me ha parecido un mes. Cinco carretes de fotos y muchas palabras no podrín contarlo todo.
Una torre de vigía del siglo XVIII, restaurada como refugio. Rodeada de flores. El mar a sus pies, más allá de las rocas. A lo lejos, la Isla del Aire, con su faro. Con viento, con nubes, con sol, con luna. Dos o tres metros de piedra maciza en las paredes de la torre. Una escalera circular que conducía a una habitación circular y abovedada. Nuestra campana particular, nuestra caja de resonancia. Una escalera de caracol de piedra llevaba a la azotea de la torre. Y desde allí.... saludar al sol al amanecer sobre el mar, acompañados por el viento y el trino de los pájaros. Despedirlo en poniente. Contemplar la inmensidad del Mediterráneo a nuestros pies. Lo echo de menos.
Echo de menos la torre, las rocas, el mar de múltiples azules y reflejos. Echo de menos el viento. Echo de menos los caballos menorquines entrenando en la playa. Las alfombras de flores, las casas encaladas con porticones verdes, los muritos de piedra. Echo de menos el romper de las olas, la caricia del sol, las risas y los silencios, las conversaciones a cualquier hora y cualquier lugar. Los paseos saltando de roca en roca y parando a cada instante a contemplar tanta belleza.
Echo de menos el gong tibetano al despertar. Echo de menos mojarme los pies en el agua en una playa que es propiedad de gaviotas y caballos. Echo de menos tomar el sol en ropa interior al abrigo de las rocas. Echo de menos respirar aire puro. Echo de menos las luchas en la arena. Echo de menos la forma del Taichi. Echo de menos sentirme una con el Universo. Echo de menos descubrir las cosas con todos los sentidos y no con la vista únicamente. Echo de menos un masaje a ocho manos. Echo de menos no estar pendiente del reloj sino dejar que el tiempo siga su curso. Echo de menos tomarme un cucurucho de helado de canela y chocolate sentada en el muelle del Puerto de Ciutadella.
Echo de menos los molinos blancos. Echo de menos la espuma blanca. Echo de menos la infusión de romero e hinojo.
Tantos y tantos....
Las pilas están recargadas. Mundo, prepárate ;)
