sábado, abril 03, 2004

Big Fish y los narradores de historias

Los narradores de cuentos están en serio peligro de extinción.

Desde el albor de los tiempos, desde que el hombre aprendió a dominar el lenguaje, nos reuníamos alrededor de la hoguera para escuchar cuentos, historias, vivencias propias y ajenas. El fuego nos daba el calor físico. Las historias nos daban calor espiritual. Nos hacían vivir otra realidad diferente de la nuestra, o la nuestra vista desde otros ojos. Nos mantenían sanos de alguna extraña forma.

Sólo con su voz, o con la ayuda de un tambor o un disfraz o una danza, nos transportaban más allá. Dentro de la historia y más allá de la historia misma. Tenían el poder, la capacidad, el saber para conseguirlo. Y nosotros aún teníamos la capacidad de maravillarnos, de dejarnos envolver, de dejarnos llevar en alas de la historia del narrador.

En la actualidad, esto ya es un bien escaso. En la era de la televisión, del video, del cine, el narrador se ha ido perdiendo. Ese que conseguía deshilar las hebras doradas del sueño, del mito, de la leyenda, de la realidad, de la verdad, porque la verdad tiene mil caras como un diamante, y todas brillan si les da la luz.

Aún quedan, sí. Conozco algunos. Pero no son tan escuchados como antes. La gente, por desgracia, prefiere madejas empaquetadas y listas para el consumo, a hilar el lino de la magia junto con el narrador.

Pero si eres de los que amas las historias, de los que te gusta vivirlas, llegar al fondo, vibrar con ellas, sentir ese dedo que pulsa una tecla allí en lo más hondo de tu ser y te hace llorar, reír, crecer, brillar con las estrellas... Aún puedes encontrarlos. Ya no alrededor del fuego, ya no al borde de la cama. Mas aún están ahí. Y con su voz, sus letras o sus imágenes, consiguen llegar ahí donde sólo ellos pueden, a la magia.

Y eso es lo que hace Tim Burton cuando quiere contarnos una historia. Una suya o una de las que realmente hace suyas. Y nos narra la vida de un narrador que le narraba historias a su hijo, que a su vez narra la historia de su padre, padre al que va perdiendo por fotogramas. Y ahí enmedio se funden ilusión y realidad, verdad y mentira, sin importar las barreras. Porque no hay barreras. Sólo hay cuento. Hay necesidad de lo numinoso, de revivir esa chispa que nos han arrancado. De volver a creer. En brujas, en gigantes, en el hombre lobo. En el amor por encima de todo, en la generosidad, en la fe, en la esperanza, en la amistad. En la vida como debe ser vivida, a cada instante, con cada latido, y poder fabricarnos una muerte a medida con la vida que hemos sido. Y cuando un narrador logra aunque sólo sea mientras le escuchamos, que creas... entonces ha valido la pena. Y Tim Burton lo consigue.

Consigue que por dos horas pesquemos a ese gran pez que llevamos dentro. Ese pez que vive en el río de la magia, magia que nos sale al exterior en forma de preciosa lágrima, lágrima del alma y no de los ojos. Y la niña que vive en la casa al borde del bosque encantado, irá descalza a saludar a sus amigos de antaño. Esos que sólo están en los sueños, pero que durante 130 interminables minutos se han sentado a su lado, inclinarán la cabeza, nos harán un guiño, y mientras se despiden, tristes nosotros por su regreso al mundo de las maravillas, oiremos un suave y cercano... "Wouldn't you?" (¿No volverías tú? Si sólo pudieras...)

Necesitamos creer en los cuentos de hadas, y los cuentos nos necesitan a nosotros. Nosotros, el narrador y el cuento somos uno.