Llueve. Todo está gris. Gris ciudad. Gris asfalto. Gris gasolina. El agua de lluvia no puede bendecir nada en la ciudad. La vuelve más deprimente, más opresora. Huele más a basura, más a combustible. No hay olor a hierba ni a tierra mojada, a regeneración, a vida. El suelo no se ofrece a la lluvia para ser limpiado, para ser llenado, para ser concebido. Sólo las alcantarillas y los arcenes y los huecos en el adoquinado reciben el agua. Y los transeúntes. Refugiados bajo paraguas húmedos, bajo portales, en coches ruidosos y con prisas. Añorando el sol. El 'buen tiempo'. El calor.
Cuando el buen tiempo ahora es lluvia, agua, nieve, hielo. Es prepararse para el nuevo renacimiento, para volver a empezar. Es un período de muerte que da más vida.
Que lejos se está en la ciudad de todo esto ya. Todo es gris, monotonía, seguridad, rutina. Ya no se vive en un círculo, seguimos una línea. Una línea recta, sin subidas, sin bajadas, sin cambios. Como un encefalograma plano. Pero no suena la alarma. ¿Será porque de verdad está muerto o porque se ha desconectado el enchufe?
Sientes esa desconexión, ese desarraigo. Ya no hay sorpresas, la gente no las quiere. La alienación es más sencilla, más cómoda. Más segura quizás. Tu grito no se oye aquí dentro. Pero sigues aúllando.
Niña mala. Lobo malo. No aúlles. No juegues. No saltes. No crees, no construyas, no cures, no aprendas, no enseñes. No luches. No quieras ser tú misma. No te sorprendas, no te maravilles, no te emociones. No vivas.
No vaya a ser que nos descubras que hay algo más. Que no todo es cuadrado. Que merece la pena. Que pese a que se está caliente en la caverna, y pensamos que estamos a salvo, allá afuera brilla el sol. Que podemos aplaudirlo. Que somos polvo de estrellas, en todos los sentidos.
Me voy a buscar mis huesos.
